ADMIRACIÓN Y PROFESIÓN, ¿POR QUÉ NO?

Hoy he conocido a una arqueóloga de entre 50 y 100 años…

Es una mujer de poca estatura, pero de muy altas miras. Sin embargo, hoy nos ha sorprendido, y no era una sorpresa agradable. Hoy se ha atrevido a decir que “está muy cansada de la profesión y que quiere dejarlo…”

Tras escucharlo, me he puesto a observarla mientras trabajaba, cual hormiguita, en su tajo…

En su corte, en su perfil, vertical y perfectamente a plomo, se veían cristalinos unos estratos que hablaban sin tapujos, mientras ella escribía en su cuaderno de espiral algunas notas. Era la única que escribía en un diario sin complejos de alguien sin complejos. Y quiere dejarlo…

Cada golpe de piqueta era un suplicio, porque la espalda ya no da tregua. Sólo la separaba del endurecido suelo una esterilla bastante roñosa, que cuidaba como si de un suelo “cosmati” fuese. Y yo seguía mirando…

Observaba cómo recogía cada fragmento de cerámica y lo miraba como si fuese el primer hallazgo de su vida. Algunos necesitaban cota, otros no. ¡Qué importa! Cada una de esas piezas merecía ser recogidos por ella, quien los seleccionaba cuidadosamente para, después, volver a apuntar algo en su agenda. Algo que ya me empezaba a picar la curiosidad…

Levantarse era un suplicio, pero lo conseguía. Si había que hacer bolsas para los materiales las hacía para ella y para sus compañeros. Qué más da so que arre si es por el bien de la excavación. A la vez que rotulaba esas bolsas de “camiseta” lanzaba hondonadas de miradas a los grupos de trabajo, no sin antes arengar con un “vamos, que eso no se pica solo”, o con un “venga, que es para hoy”. Sin embargo lo hacía con un talante y una soltura que tan siquiera provocaba la mueca cariñosa de estudiantes y veteranos. Y quiere dejarlo…

Al paso por los grupos, cuando su corte ya estaba niquelado, en la inspección, no sobraban caricias y muecas de cariño a sus compañeros, absortos en una labor de excavación que ella llevaba practicando mucho tiempo. El resto la miraba con una mezcla de admiración y devoción. Y yo, como observador, seguía mirando…

Seguía mirando cómo tomaba cotas como el que se sirve una taza de té. Seguía mirando cómo preparaba los jalones para unas fotografías que salían solas; seguía mirando mientras raspaba un nivel de cenizas invisible a cualquiera, pero que ella interpretaba hacia donde, por dónde y por qué; seguía mirando, estupefacto, mientras ella, no sin dolor, descendía por agujeros plagados de piedras enrevesadas y mal avenidas, para dar orden y concierto a una matriz estratigráfica parida en los infiernos. Y quiere dejarlo…

Y en varias ocasiones, me tocó escucharla. Me tocó escuchar sus explicaciones sobre los hornos de cerámica en la antigüedad; sobre la distribución de los espacios en tiempos de los romanos; e incluso, ¡sobre la cerámica precolombina! Me tocó escuchar, en poco tiempo,  una sinfonía de magistrales lecciones que sonaban a melodía, mientras los estudiantes apenas sostenían sobre sus caras mandíbulas y dientes. Me tocó escuchar que conoció a ilustres personajes de la profesión, que fue enseñada por maestros y que, con el tiempo, ella misma se había convertido en maestra de maestros. Y quiere dejarlo…

Al terminar mi visita, demasiado fugaz para mí gusto, mi despedida fue reverencia. Me tomé, en ese instante, un breve letargo de mi infumable profesión, plagada de “sabios” que lo saben todo, que te los encuentras en todos los lados. Entonces conocer a alguien que no hace ruido, que no quiere saber más de lo que sabe. Y aunque diga, entre risas y bromas, que “es la más inteligente de todos los aquí reunidos”, cree que la profesión no es su vida, no es su vocación, no ha nacido para ello. Y quiere dejarlo…

Amiga, sabes quién soy y yo se quien eres. No hay profesión perfecta, pero tú, a la mía, la haces como tal; sin ruidos ni bandas sonoras; sin florituras ni festejos; sin parrafadas desfasas ni excesos. Sólo haces tu trabajo. Te cuesta horrores porque el suelo está duro y cuando llueve nos mojamos. Pero eso no importa porque al día siguiente vuelves a estar en ese páramo.

No lo dejes, te lo ruego. Esta profesión necesita gente como tú. Estos profesionales necesitan gente como tú.

Se llama admiración. No suelo tenerla habitualmente –menos en arqueología- pero se ha dado el caso.

No nos dejes…

NmA.

Se acabó el verano…

… y con él, es el fin de las excavaciones!

¡Qué pena me da, por Dios… Fin a esos interminables turnos de 15 días, en donde te puede tocar quitar una capa de 30 centímetros de mierda y no ver una puñetera pieza…

Es el fin de esas excavaciones durmiendo en colchonetas atestadas de piojos, el fin de comer “ganchitos” y “cheetos” acompañados de cerveza…

Se acabaron las duchas con siete kilos de hongos y catorce kilos de matas de pelos, de tiritas que se quedan olvidadas y de manchurrones de inquietante origen…

Se han terminado las habitaciones llenas de ropa sucia y que huelen a una mezcla de vivero y clase de gimnasia, donde el olor a sobaco es tan familiar como insoportable…
Se acabaron las horas interminables de picar y palear mientras suena la música en un móvil, intercalando canciones de Manolo Escobar y de los Manowar…

Se acabaron. Se terminaron la miradas pícaras entre los estudiantes, las broncas de los técnicos, el olor a paraloid y las charlas vespertinas, perfectas si se había trasnochado…

Se han terminado las terras sigillatas, las puntas le valois y los fosos plagados de cerámica a torno. Se han terminado los dibujos a escala 1:20 o los drones sobrevolando las cabezas. Han terminado las visitas institucionales de alcaldes, curas, Guardias Civiles y de los listillos de los pueblos que saben perfectamente dónde está enterrado Viriato…

Es el final de los intensos debates sobre procesualismo y marxismo, sobre la que se ha puesto tetas en el “Sálvame” o sobre si Messi o Ronaldo… Todo eso se ha acabado…

Se acabaron… Hasta el año que viene…
Porque no será hoy cuando nuestra profesión deje de contar con estos detalles que nos hacen arqueólogos, que nos hacen imperfectos, que nos hacen humanos. Se acaba el verano pero no la arqueología…
Y yo, vuelvo…
Vuestro amigo,

NmA

“Y AHORA, ¿QUÉ?”…

… vino a decirme un estudiante de quinto de carrera. Mientras paseábamos por el fantástico campus de la Universidad de Essex, charlábamos Conrad y yo sobre las desgracias y miserias que habían padecido algunos de los más ilustres arqueólogos, como don Adolf Schulten, quien tuvo que bailar al son del mismísimo Kaiser Guillermo II durante sus excavaciones en España. O si no el gran Dominico Fontana, que aún siendo arquitecto fue el verdadero descubridor de Pompeya, hasta que le “virlaron” la excavación. Por no mencionar a Frederick Catherwood, quien murió en el naufragio del vapor Artic. ¡Pero si al mismísimo Gabriel de Mortillet le dieron de gorrazos en las Guerras Napoleónicas!…

Y es que mi amigo Conrad, como digo, estudiante de carrera y vividor de profesión, estaba preocupado por la situación que le deparaba al terminar su graduación. Yo le decía constantemente que no se preocupase. Que si mi amigo Lancaster había conseguido colocarse, para él sería relativamente sencillo. No es que Lancaster lo haya tenido fácil, ni tampoco es que sea un zote, pero es el prototipo clásico de los que llamo “pasillistas”, de los que van de un lado a otro saludando y entre besamanos y cafés consiguen un trabajillo (querido, no te enfades conmigo, sabes que te quiero). Pero cuidado, que Lancaster es mi amigo, y se lo ha ganado. Pero es otro rollo… Conrad es diferente. Conrad es un tío de campo, de trinchera, de no cambiarse la muda o de darse un chapuzón en el río. Quizá con lo de la muda haya exagerado, pero es el clásico rostro destrozado por el sol y cosido a lametazos por el sudor. Es un excelente arqueólogo, yo lo he visto. Desde que empezó la carrera siempre se apuntaba a todas las excavaciones de voluntario. Es, como digo, un arqueólogo zapador…

Sin embargo, al muchacho le ha dado por leer. Se lo dije. Se lo advertí. “Sigue tu camino. Se fiel a ti mismo. No leas la opinión de los compañeros sobre la profesión”. No me hizo caso. Lo hizo. Ha leído opiniones diversas, en foros diversos, de diversa gente con diversas opiniones. Todas respetables, debo decir. Y además verídicas, también debo decirlo. Son opiniones de arqueólogos respetables, de buenos amigos y de buena gente. Son opiniones que reflexionan sobre lo que hemos hecho en el pasado. Son opiniones sobre lo que no se ha hecho, y lo que no se sigue haciendo, debo admitir también. Son reflexiones sobre un sistema que no ha funcionado. Y son buenas reflexiones, repito. De buena gana lo afirmo. Todo lo que cuentan es cierto. Los arqueólogos nos vendimos por unas migajas, destripamos a la vaca moribunda y miramos a otro lado cuando la cosa iba bien para nosotros, y mal para el sector. No lo estábamos viendo venir, ¿o tal vez si? ¿Somos los verdaderos responsables, o nos empeñamos en echar la patata caliente a los estados, a las administraciones, al capital, o al Manchester United?

Ahora tengo aquí a Conrad. Es un buen hombre, de no ser porque es del Liverpool. Además es un buen arqueólogo con amplia experiencia. Pero no sabe qué hacer. Le han llenado la cabeza de historias para no dormir. A diferencia de otros compañeros más jóvenes que él, no tiene la desvergüenza de lanzarse al vacío. Ya no tiene edad. Ya no tiene ganas porque lo ha vivido. Ha mamado de la ubre que parecía no terminarse nunca. Y además ha visto caer torres, abrir zanjas y destripar muros. Lo hacía porque le decían que “así tenía que ser”. Y mientras me cuenta sus penas, a la vez que juguetea con un calibre en la mano, veo la tristeza en su rostro, una mirada perdida, porque esa vocación que a todos nos embriaga cuando empezamos la carrera, se ha diluido. ¡El que diga lo contrario miente! Estamos en esto porque nos gusta, nos morimos por esto. ¿Friki? Y una leche. Vocacional, gracias. Que parece que mencionamos la emoción de la arqueología y somos unos flipados. Esos mismos que ponen en duda este sentimiento son los que luego despotrican de las empresas de arqueología, y a la mañana siguiente se están vendiendo por un plato de lentejas. Y mientras tanto, un buen profesional, aquí a mi lado, se plantea empezar a trabajar en la planta de prefabricados de su tío Jack…

¿Y ahora qué? Se lo pregunto a los que, día tras día, nos bombardean con sus reflexiones de que no se ha hecho nada de nada en el pasado. Se lo pregunto a los que confiesan de yacimientos arrasados, de profesionales que no publican, de universidades que no apoyan… ¡Que sí, joder! ¡Que ya lo sabemos! Ya hemos captado vuestra idea. Los que hemos recibido unos cuantos azotes (a mi casi me estalla un Kalashnikov en las manos, os lo recuerdo) sabemos que se han hecho auténticas barbaridades. Se han manipulado a profesionales. Se ha expoliado. Se has destruido yacimientos. Se han perdido materiales. ¿Prosigo? También se han recuperado centros históricos. Se han remodelado museos. Se han revisado las cartas arqueológicas. ¡Hasta se han hecho películas nuevas! Pero sobre todo, y por encima de todo, ¿sabéis lo que se ha hecho, y lo que no se ha hecho? Lo que se ha hecho ha sido concienciar a la población sobre nuestra profesión. Es posible que no estemos a la altura de los médicos, de los abogados, de los ingenieros o de los jugadores de bridge. Nunca lo estaremos. Pero la gente ya nos pone caras. La gente nos pone chalecos. Nos pone botas y casco. Puede que aún no lo tengan claro, pero por lo menos mi abuela Susan ya no piensa que soy jardinero. Para bien, o para mal, la gente nos pone (qué mal suena esto, ¿verdad, Conrad?)…

¿Sabéis lo que no se ha hecho? Pues lo más importante: unirnos. Seguimos dando palmas con nuestros propios éxitos. Nos emborrachamos de nuestras publicaciones, y sigue faltando humildad a todos los niveles. Qué bien suena eso de “La Situación de la Arqueología, HOY”. ¿Pero qué mierdas me estáis contando? Debería ser “La Situación de los Arqueólogos MAÑANA”. No nos enteramos. Mi amiga Corina decía que “estar de mierda hasta el cuello no es malo del todo, porque se está calentito. Lo peor es cuando algún simpático se dedica a hacer olas…” Reflexionar está muy bien. A mi me han reflexionado en varios idiomas (algunos amigos míos de España se estarán dando por aludidos). Pero queridos míos, dejad de reflexionar, que ya sabemos que todo ha ido como el culo. ¡Lo sabemos! Y seguir reflexionando no va a solucionar las cosas. Debatamos, si, pero planteemos soluciones. Y sobre todo, ante todo os pido que no llenemos de heces el camino de los jóvenes estudiantes, esos membrillos que como Conrad (membrillo un poco pasado, cierto) se plantean qué hacer con sus vidas. No os pido que imaginemos un mundo de colores y mariposillas en donde el Cú Chulain es el panadero de mi barrio. No pretendo que mintamos a la gente. No es fácil, pero basta ya de recordar las míseras miserias de lo que hicimos y fuimos. Miremos adelante, no por nosotros, ni siquiera por nuestro Patrimonio. Miremos adelante por la juventud que es, al fin y al cabo, el futuro del sector profesional. Ellos serán los que sigan hurgando en las entrañas, buscando más Anfípolis, más Ricardos III, más documentos ocultos…

Terminé la conversación con mi amigo Conrad de la mejor manera posible. Un reconfortante abrazo para él y la recomendación de que lea Silencing the Past, de Rolph Trouillot. Lectura que, por otro lado, recomiendo a todos los que miramos –me incluyo- hacia atrás y vemos las barbaridades que hemos hecho. Pero no miréis hacia atrás con los dos ojos, sino de rabillo. Os lo recomiendo. Mucho nos ha costado decidirnos por nuestra profesión, y más aún el poder dedicarnos a ella, con suerte, con contactos o de cualquier otra manera posible, para que las inmundicias que hemos plantado no nos dejen ver el camino que se abre delante.

No lo hagamos por nosotros. Hagámoslo por Conrad…

NmA.

 EN EL AÑO DE LA CABRA Y DE PORFIRIO…

… se producirán muchos acontecimientos importantes en nuestro mundo. El 2015 será el año de la Cabra según el calendario chino, pero también será el año del estreno de Misión Imposible Parte 5, será el año del videojuego Final Fantasy XV (*)

(*) Nota mental: si, si, XV ni más ni menos…

CHORRADA

Y además será el bicentenario del nacimiento de Juan Bosco. ¡Qué alegría! ¡Qué gran año nos espera! Porque además, en el campo de la arqueología, el gobierno de Perú ha informado de importantes descuentos en las visitas al Machu Pichu, a fin de incentivar el turismo (**).

(**) Nota mental: Machu Pichu, no me suena, creo que es un yacimiento “normalito” que apenas se conoce…

Abandonamos un año en el que se siguen ignorando a las víctimas de cuantos conflictos militares se han producido, de un bando y de otro, sin que pueda hacerse justicia y sin que a los arqueólogos nos dejen trabajar tranquilos… Abandonamos un año en el que las guerras han destruido numerosísimos monumentos y yacimientos de incalculable valor histórico, sin que los gobiernos se preocupe
n lo más mínimo (***).

(***) Nota mental: recuerda, Neill, es más importante el petróleo o el gas, ¿no te acuerdas?

nICO

 Abandonamos un año en que el sector de la arqueología, a nivel mundial, sufre un grave retroceso. Un año en el que se ha producido una fuerte reducción de fondos para la investigación, seguido de un tremendo descenso de proyectos de investigación, y un año en el que muchos compañeros, buenos amigos, y mejores profesionales, han tenido que abandonar sus hogares, a sus familias, a su tierra, para buscarse la vida en el sector, o en otros sectores. Este efecto se ha agudizado en aquellos países en los que sus gobiernos han incentivado las mejores leyes para la desprotección del Patrimonio Histórico (****).

(****) Nota mental: ¡mierda!, ¿por qué siempre pienso en España para estas cosas?

 Y finalmente, abandonamos un año en el que las iniciativas colectivas, los proyectos en común y la tendencia general de los profesionales sigue siendo la misma: la supervivencia. Pero no pasa nada, ¡RELAX!, porque hemos encontrado una tumba maravillosa en Anfípolis, los huesos de Ricardo III y una ciudad subterránea en Turquía, con casas, fuentes, un estadio de fútbol y cines porno. ¡Tranquilos, que la arqueología está salvada! (*****)

(*****) Nota mental: ahora es cuando te llueven los guantazos. No aprendes…

2014

 Sin embargo, sabéis que os tengo aprecio… Y por eso, os quiero desear a todos, compañeros de trincheras y “bellota”, un año 2015 lleno, llenito de éxitos académicos. Tal vez, de esa forma, y mientras llenamos nuestros capazos de trofeos, nos olvidemos de hacer la puñeta al prójimo. Es por eso que os dedico esta famosa frase de Porfirio Díaz, del que por cierto en el 2015 se cumplen cien años de su fallecimiento: “Perro con hueso en la boca, ni muerde ni ladra…”

Sabéis que os quiero. Feliz 2015…

NmA.

VACIANDO TRIPAS DE GIGANTES

No estoy inspirado, para nada en absoluto, y por lo tanto no se qué saldrá de esto…

Tampoco puedo dedicarle mucho tiempo, pero en ocasiones como ésta, el tiempo hay que inventarlo…

Ven un edificio y lo cambian, o lo modifican, o lo manipulan… o lo destruyen…

Se creen que el edificio es lo que se ve por fuera, o simplemente, lo que no se ve. Arrancan paredes como el que monda una fruta, lo dejan desnudo, carente de cara, sin máscara, sin identidad. Y no pasa nada…

Luego van al interior. Ven sus tripas. Ven su alma. El alma de un edificio es aquello que ha quedado de su uso, de sus habitantes, de los acontecimientos. Pero ellos no ven nada de eso…

Sólo ven un uso, el actual, el beneficiario. Esa alma la simplifican a la mínima esencia. Qué burros. Dicen que un edificio es una cosa urbanística y se escudan en que la ciudad debe progresar. Qué burros, otra vez…

Antes del golpe final, el edificio, ya sin cara, ya sin tripas, ya sin alma, posa desnudo con su esqueleto al aire. Sigue pidiendo ayuda a nadie, y nadie le ayuda. Se queda en pie mirando a los viandantes que le observan, algunos con perplejidad, muchos con desdén…

Poco a poco, se va viniendo abajo. Un edificio histórico sin sus ropajes se muere. Poco a poco va cediendo…

Entonces hinca la rodilla al suelo. Ese enorme armazón de historias cede su último aliento. Es entonces cuando algunos se quejan y ponen medidas. Sin embargo los carroñeros conocen el sistema, corrupto, naturalmente, y siguen adelante…

Le asestan el golpe de gracia. El gigante cae y todos lloramos. Le han quitado la cara, y nos quedamos perplejos. Le han vaciado las tripas, y nos quejamos. Lo tiran abajo y nos escandalizamos…

Pasa el tiempo, y sobre la enorme tumba del gigante se levantan otros gigantes a los que, seguramente, el tiempo les depare un final parecido. ¿Qué hemos conseguido? Nada…

Por eso mismo, doy las gracias a los que vacían las tripas de los gigantes. Con ese gesto llenáis las mías de indignación. Llenáis las mías de ganas de seguir adelante. Llenáis las mías con palabras que aquí comparto. Sois unos ignorantes con estudios, unos estúpidos que no pararéis de derribar gigantes, ¿verdad? Algún día, quien sabe, os esperaré a los pies de algún gigante, y os lo podré explicar…

Mientras tanto, no lloréis. Ya lo hacemos los demás…

NmA

Fuente: elpais.com 29/11/2014
Fuente: elpais.com
29/11/2014

El valor de los muertos

He tenido que poner este titular para atraer tu atención. Por lo visto, lo he conseguido.

Cuando excavamos un sepulcro de la Edad del Bronce, se dice que hacemos arqueología y de la buena. Si el resto en cuestión es una tumba romana, somos la pera. Y si resulta que son los sepulcros de debajo de un convento, estamos nominados al premio Nobel. ¿Y qué pasa cuando son víctimas de la Guerra Civil española?

Estudiamos al ser humano y lo dignificamos. Le damos sentido a la vida que ha tenido. A todos los humanos, me refiero. Porque después leo que se han gastado un dineral en localizar a Miguel de Cervantes. Y al poco, leo el artículo de Azahara Martínez Vallejo en el número 3 de La Linde (http://www.lalindearqueologia.com/index.php/crea-articulo/61-edicion-numero-3/construyendo-memoria-social-3/129-la-mendicidad-en-las-exhumaciones-de-la-guerra-civil), y lo cierto es que me desconsuela. Me desconsuela cómo unos y otros destripan la esencia de nuestro trabajo. Las latas, las hebillas, los cargadores, las cucharillas o los cartuchos, nada tienen que envidiar a la forma Hispánica 4, a la cerámica cordada o a las lascas Levalloise.

Investigamos, y en ocasiones, en muchas ocasiones, bajo presión económica y social. Aún así, siguen dudando de nuestra entereza investigadora. Dudan de si analizamos las fosas comunes con objetividad. Dudan de nuestra experiencia, de nuestros valores morales y de nuestras intenciones. Se creen que lo hacemos porque somos rojos, azules, ateos, católicos, melancólicos, inconformistas, “progres” y hasta socios del Rayo Vallecano. Somos investigadores. Somos inquietos, si, y además sentimos inquietud por el ser humano. Y además, pese a quien le pese, seguiremos excavando, y seguiremos encontrando restos humanos. Les honraremos. Les daremos cara, vida y hasta forma en 3D. lo haremos a pesar de la parsimonia de la administración –toda ella-. Un estado debe ser muchas cosas, pero lo primero que debe ser es valiente. No hay valor en este ni en ningún gobierno que vaya a tener España. Pero aún así, seguiremos hablando con los difuntos. Porque no son fosas normales, ni las vaciamos. Son el reposo de nuestros antepasados. A mí me gustaría encontrar a mis caídos, de una trinchera y de otra, eso me da igual. Pero que me dejen hacerlo, o que dejen a mis compañeros hacerlo. Queremos honrarles. Y basta ya de hipocresías… Déjennos trabajar.

Mi apoyo incondicional a los valientes de abajo y de arriba.

NmA.

Los Siete Reinos de la Arqueología

No hace poco, mientras tomaba una pinta en una lúgubre taberna de Stockwell, un compañero de profesión me preguntó que “cuál era mi tendencia” en el campo de la arqueología. A punto estuve de sacar la mano a paseo, cuando recalcó que tenía interés por conocer mi academia y mi manera de interpretar las cosas, en resumen, ideolog001ía investigadora. Tras cinco segundos de silencio aterrador, no pude hacer otra cosa sino soltar una sonora carcajada, a la que mi amigo respondió con otra similar. Tras detener nuestras risas, dimos un largo sorbo a las cervezas, y de nuevo me preguntó: “en serio, ¿cuál es tu reino?”

 “¿Mi reino?” En ese momento no supe qué responderle. Él aseveró que se consideraba un post-procesualista de pro, y que por lo tanto, uno de sus objetivos era “combatir con fiereza extrema a los arqueólogos del historicismo más radical”. Nuevamente, y tras tres segundos no tan largos como los cinco anteriores, volví a carcajearme potentemente, no sin escupir parte de la cerveza que acababa de beber, y seguido de una flemática y molesta tos… Al contrario que en la primera vez, mi amigo me miró muy seriamente, y me preguntó que a qué se debían mis sornas. Primero le pedí disculpas, sobre todo por la molestia, pero también porque no com002prendía el por qué de tan necesario aparcelamiento de mis investigaciones…

Dos horas  y cinco cervezas después –pocas en mi opinión- pude llegar a una nueva conclusión, otro “sindios” que se estaba viviendo en mi amada profesión. Años atrás, cuando empezaba en esto de la arqueología, mi única preocupación era saber cómo coger un pico sin desencajarme el hombro, cómo se hacían los dibujos a escala o cuál era la manera adecuada de embolsar los materiales. A menudo leía a Bahn, a  Childe o a Shanks, por aquello de no perder la cuerda con respecto a los grandes pensadores. Esas lecturas eran necesarias para un estudiante como yo lo era, y siempre lo serán para cualquier persona que pretenda dedicarse a este mundo. Sin embargo, y tras ese encuentro con mi apreciado amigo, me hago la pregunta si no estaremos “feudalizando” en exceso las diferentes tendencias historiográficas.

No fue una casualidad llegar a esta impresión, que llevaba tiempo corroborando en distintos eventos científicos donde mis queridos compañeros arqueólogos se esmeraban más en defender sus ideologías científicas que sus resultados. Y más allá, esas confrontaciones derivaban en recriminaciones personales del tipo “tu clan de los creacionistas  ha mancillado el noble nombre de los Neanderthales”, o “la Nueva Arqueología siempre paga sus birras”, y así un largo etcétera.

No estoy exagerando, amigo lector. Si echas un vistazoa los profesionales que analizan la evolución de los grupos humanos, te darás cuenta que existe una simiente de odio y repulsa por todo lo que no comparte su opinión. Se tiende a decir que “lo que hay más al Norte del Muro (los Urales, los Alpes Cisalpinos o el Sistema Central) es más puro, más original”. ¿Cómo reaccionarán los que están más al Sur del muro, cuyos trabajos son loables como el que más? Se está fraguando una batalla, amigo mío…

Y es que una batalla entre los Siete Reinos de la Arqueología sólo traería consecuencias desastrosas para un sector profesional que lleva años carroñeando de una vaca moribunda. En no pocos congresos hemos sido testigos de cómo los profesionales, los compañeros, los amigos, barren a favor de una ideología, un concepto, dejando en “bolas” a la verdadera conclusión científica. No se trata de discernir si es más importante el papel y el rol de las mujeres, de los artesanos o de las clases más opulentas, ni tampoco es imprescindible saber –por el contrario, si es importante- si se trataba de un sistema esclavista, clasista, marxista o comunal. ¿Qué sentido tiene postularse a favor de un solo reino, si el resto de los reinos están avocados a la desaparición?

003

Tiempo atrás éramos testigos de debates y discursos muy enriquecedores. Que si la cerámica es así, que si es un percutor o no lo es, que si se trata de una villa romana o sólo una granja… Además teníamos opción de compartir experiencias y teorizar sanamente, esgrimiendo argumentos sólidos y basándonos en doctrinas consensuadas. Ahora ya no se hace así. La Casa de los Evolucionistas Culturales jamás aceptaría un matrimonio con un miembro de la Casa de los Procesualistas, porque “un procesualista siempre acepta toda probabilidad”. Pamplinas…

En resumen, y después de mi afortunado encuentro con mi amigo, el cual em dejó claro que “yo no tengo casa”, creo con firmeza que algún día, todos los arqueólogos del mundo nos encontraremos en un campo de batalla sin igual, arruinaremos nuestras bibliotecas, quemaremos nuestros museos y robaremos a vuestras técnicos de seguimiento, porque sólo puede haber un candidato al trono del Ministerio… ¿Seremos capaces de cambiar tanta tontería?

Vuestro amigo.

NmA

La Arqueología de ahora o la teoría de “El Barco Vikingo”

Imagino que no hará falta que te explique en qué consiste “el Barco Vikingo”. Los que hemos tenido una infancia marcada por la llegada de las atracciones al pueblo, recordaremos ésta en concreto. Se trata de una estructura con forma de barco vikingo –o de un barco pirata, en el pueblo vecino- que pendulaba de un lado a otro, y cuyo vaivén obligaba a las personas del interior a correr de un extremo a otro evitando la fuerza centrífuga. Era, en mi infancia, una de las atracciones preferidas de la chiquillada que abarrotábamos la pradera de Malahide.

¿Y qué tiene que ver esto con la Arqueología? Con
respecto a la maquinaria y a la finalidad, nada en absoluto. Pero el efecto que genera me ha recordado mucho, muchísimo, a lo que actualmente está sucediendo en España. Desde los años 90 se vienen aconteciendo diferentes fases secuenciales en el sector profesional de la Arqueología. Inmediatamente de la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico, renace un sentimiento por y para la dedicación profesional que no se había vivido antes. Las titulaciones en Geografía e Historia se disparan. Empiezan a aparecer las primeras empresas y se forjan los armazones de lo que, pocos años después, van a ser las leyesautonómicas de Patrimonio Cultural. Los índices de altas laborales se disparan. Los museos empiezan a recibir ingentes cantidades de materiales, procedentes de los yacimientos que se excavan –o que se creía que se excavaban-. El “Barco Vikingo pendula hacia un lado…

vikingo Pasan los años. La década de los 90 nos dejó unos cuántos “pufos” (y en adelante, me seguiré refiriendo inevitablemente a mi querida España, una vez más), fruto de las prisas y de la poca maduración de un modelo de gestión que no convencía, pero que sí convenía. El número de yacimientos se multiplicaba, ¿y qué? ¿Qué tiene de bueno? Cito textualmente, un párrafo de un artículo sobre la Arqueología Urbana en Tarragona:

“Desgraciadamente, en toda Europa Occidental la actual dinámica empresarial ha roto aquella lógica. La arqueología de urgencia ha sido sistemáticamente “privatizada”; los Ayuntamientos y las Autonomías se niegan cada vez más a pagar el coste que genera la investigación. Las empresas privadas buscan, con toda lógica y legitimidad, la rentabilidad económica de sus excavaciones. En conclusión, los resultados de las excavaciones se apilan en los armarios y almacenes sin llegar a ser estudiados. Sin tiempo para investigar y presionados por la urgencia de las excavaciones, con frecuencia los arqueólogos se convierten en simples “anotadores” que registran los datos arqueológicos inmersos en la lógica de la supervivencia de sus empresas. Sin investigar es imposible planificar, prever o programar adelantándose a los acontecimientos”

Ruiz de Arbulo, J. y Mar, R. 1999: “Arqueología y planificación urbana en Tarragona. Tradición historiográfica y realidad actual. Recuperar la memoria urban”. En: La Arqueología en la rehabilitación de las ciudades históricas. URV / Fund. La Caixa, Tarragona.

El cambio de Milenio pronosticaba un “más de lo mismo”, y sin embargo nadie era consciente de lo que se avecinaba. En realidad, los cambios se produjeron en la concepción misma de la profesionalidad del arqueólogo. Se iniciaron algunas obras de gran envergadura para las cuales no había técnicos suficientes para los puestos requeridos. Esta situación tan dantesca como surrealista, obligó a echar mano del “stock” de arqueólogos, recién titulados, sin experiencia y obligados a conocer en dos días los pormenores de un circuito que se sabía de antemano que no funcionaba. El “Barco Vikingo” volvía a pendular hacia el otro lado…

Así pues se vivieron unos años de bonanza económica paCartel nra algunos colectivos o grupos de empresas, que sin mucho esfuerzo un día intervenían  en un yacimiento romano, y al día siguiente lo hacían en una fábrica de profilácticos de los años ochenta. Algunas obras dejaron imágenes para el recuerdo, y también un poso en el mercado del que aún hoy damos pequeños sorbos. Los clientes, constructoras y promotoras en su mayoría, vieron un campo  ideal para capotear las ya no recientes leyes de Patrimonio y planes generales, unas normativas que al principio les dificultaban levantar fastuosas moles de hormigón. Sin embargo, con parsimonia y sin mucho sudor, consiguieron que los propios profesionales de la arqueología les abriesen las puertas a la especulación profesional del sector: “estamos carroñeando de una vaca moribunda” (un amigo).

Sin embargo, la ubre, la “mamelle”, la teta se secó definitivamente. Los proyecto finalizaron, y entonces las enormes y hambrientas huestes de arqueólogos reclamaron el trabajo que durante tantos años habían tenido.  Como los arqueólogos son animales que sienten y padecen igual que los pájaros, que las plantas y que los fontaneros, decidieron buscar alternativas, o “reciclarse”, como decía el simpático gobierno de la nación. Ese reciclado consistía en, o bien abandonar el sector y dedicarse a otros oficios, igual de emocionantes (http://www.jasarqueologia.es/documents/Cap18-PGG.pdf), o bien en iniciar un lento pero esperanzador proceso de formación en especialidades como la virtualización del Patrimonio –en adelante, 3D-, la gestión, la fotografía, el montaje de exposiciones, la divulgación, la didáctica y un larguísimo etc. Parafraseando de nuevo a un buen amigo mío, se trataba de “un bukake Patrimonial”.

Todo ello repercutió en la aparición de innumerables congresos y reuniones, en las que estas nuevas herramientas, disciplinas y dedicaciones se mostraban al mundo científico. La tecnología 3D y SIG facilitaba no sólo el trabajo del profesional, sino la divulgación de los resultados. Algunas experiencias daban lugar a conceptos como la Arqueología Pública –o Public Archaeology, como dicen los más finos-, potenciada en España durante esos años. Daba la impresión de que el final de la primera década del Segundo Milenio después de Falete, se iba dar pié a una sub-especialización de la Arqueología, algo que a priori, era muy beneficioso, pero que a la larga era p
an para hoy, y un “chino” para mañana. El “Barco Vikingo” volvía a pendular…

He aquí que llego al momento álgido de mi discurso, 16026_google-mapsy del acontecimiento que me marcó no hace mucho. Fue durante la presentación de un libro, cuando un compañero intervino diciendo que ciertas “especializaciones” o nuevas disciplinas estaban siendo utilizadas como vía de escape y como finalidad a la superviviencia, más que como una herramienta de investigación. Interpreté que los profesionales, nuestros compañeros, inconscientemente estaban prolongando un sistema que había fallado años ha. En definitiva, parecía que estábamos volviendo de nuevo a los viejos sistemas en los que se produce un “stockage” de profesionales especializados en nuevas tecnología, y que como seres vivos multicelulares respiran y necesitan trabajar. Dando una vuelta más de tuerca, he querido ver qué es lo que realmente se cuece en el cerebro de un arqueólogo, y nada mejor para hacerlo que acudir a las redes sociales, ese subuniverso en donde fluyen las ideas, las polémicas, el fútbol y el porno australiano. Cogiendo las estadísticas de visita de los internautas a una página de Arqueología, se observan cuales son las inquietudes reales de los profesionales: ¿buscar trabajo o luchar por las injusticias del sector? (se que aquí me van a llover puñetazos, pero ya sabes cómo soy, amigo lector):grafica

Cuidado, que el “Barco Vikingo” vuelve a pendular…

Finalmente, y para concluir, me resulta muy interesante y esclarecedor, a la vez que esperanzador, ver cómo algunos investigadores han indagado en este asunto. Me quedo con estos dos autores, que meten el dedo donde hay que meterlo, y no más allá:

“Sin menoscabo de los importantes avances conseguidos hasta el día de hoy, todo pasa por transformar las declaraciones de intenciones en un control público, ágil y efectivo que regule la actividad arqueológica dado que ha quedado demostrado que ésta no se puede regular mediante los propios mecanismos del mercado”.

Moya Maleno, P. R. 2010. “Grandezas y miserias de la arqueología de empresa en la España del siglo XXI”. En: Complutum, volumen 21. Universidad Complutense de Madrid.

“Entre los trabajadores más veteranos, muchos abandonan el sector en busca de otras alternativas laborales que les ofrezcan el sustento y la seguridad necesaria para emprender proyectos vitales básicos, como formar una familia o pensar en la jubilación. Así, el mercado de empleo arqueológico sufre una continua pérdida de técnicos veteranos que serán remplazados por recién egresados de las universidades, quienes obtendrán peores contratos que los existentes una década atrás”.

González Álvarez, D. 2014: “Del precariado a la nada. La situación laboral de la Arqueología Comercial en el Estado Español a comienzos del s. XXI”. En Almansa Sánchez, J. (ed.): Arqueología Pública en España. JAS Arqueología. Madrid.

¡Y es que pendular no es malo! Pero hazlo con cabeza y que nada deje de “pendulártela”…

NmA.

Yo SI voy a estar…

Querid@s compañer@s:

Mis amigos de Madrid, en España, están organizando una gran movilización a favor de la Cultura. La cultura lo es todo. La cultura es la música de The Dubliners que escucho cada día de camino a Leitrim. La cultura es mi amado trébol Shamrock, es mi whisky y mi querido Celtic. La cultura son las fiestas, las tradiciones del Imbolc y mi Irish stew para comer. La cultura lo es todo. La cultura son hasta los farsantes que venden ilusiones, las brujas de la noche y los bingos de madrugada. La cultura son los malabaristas de París, las trattorias italianas y los burdeles de Bucarest. Por ser, la cultura son los charlatanes de las televisiones españolas, las tonadilleras y los casacas rojas británicos. La cultura es todo lo que somos…

En España no quieren eliminar la cultura, pero sí la quieren poner un precio, un bozal, una correa, y por si acaso, una rienda. Quieren ponerle un código de barras. Quieren aparcelarla , amancebarla y aristocratizarla. Una vez vivimos en una Europa parecida, chapada de intolerancia. Ahora quieren almacenar la cultura en chavolas fabricadas de artificios burocráticos. ¡Pues no!

Yo voy a estar el domingo 9 de marzo en Madrid. Mi amigo Lancaster me consta que también estará. Porque la cultura es tolerar. La cultura no se mete en bolsas de cierre fácil. La cultura no se puede comercializar, porque no se puede ni se debe cotizar. Muchos países lo han pretendido. Se llaman dictaduras, y muchos han visto como la cultura se manipulaba, la música, la literatura, las artes, las ciencias, las creencias… Eso no se puede permitir.

¿Y qué pasa con mi arqueología? Mi bienamada arqueología que tantos años ha estado supeditada a los designios de la aristocracia, ahora queda supeditada a un lobo llamado administración. No lo podemos consentir. Muchos compañeros de España se van a levantar el domingo queriendo decir NO a una muerte lenta de la cultura. Porque NOSOTROS SOMOS CULTURA, como apalabra el lema de la concentración. Unos dirán que seremos un grupo de desarrapados quejándose por todo. Otros dirán que son cuatro “perro-flautas” entonando cánticos en contra del sistema. Pues bien, y yo me pregunto: ¿por qué no quejarse del sistema si quiere arrebatarnos lo que somos? ¿Y por qué no hacerlo si el sistema no funciona? SOMOS CULTURA, y desde aquí, desde mi silla de piel, desde mi casa en el condado de Sligo, os digo que cogeré un avión y estaré con mis compañeros de España. Porque ellos no luchan por la libertad, ni por los derechos, ni siquiera por la justicia. Ellos, escritores, músicos, arqueólogos, científicos, profesores, todos ellos, lucharán por la CULTURA…

Yo, compañero arqueólogo, SÍ voy a estar el 9 de marzo. Y tú, amigo, también deberías estar.

Cordiales saludos de tu amigo.

NmA.