ADMIRACIÓN Y PROFESIÓN, ¿POR QUÉ NO?

Hoy he conocido a una arqueóloga de entre 50 y 100 años…

Es una mujer de poca estatura, pero de muy altas miras. Sin embargo, hoy nos ha sorprendido, y no era una sorpresa agradable. Hoy se ha atrevido a decir que “está muy cansada de la profesión y que quiere dejarlo…”

Tras escucharlo, me he puesto a observarla mientras trabajaba, cual hormiguita, en su tajo…

En su corte, en su perfil, vertical y perfectamente a plomo, se veían cristalinos unos estratos que hablaban sin tapujos, mientras ella escribía en su cuaderno de espiral algunas notas. Era la única que escribía en un diario sin complejos de alguien sin complejos. Y quiere dejarlo…

Cada golpe de piqueta era un suplicio, porque la espalda ya no da tregua. Sólo la separaba del endurecido suelo una esterilla bastante roñosa, que cuidaba como si de un suelo “cosmati” fuese. Y yo seguía mirando…

Observaba cómo recogía cada fragmento de cerámica y lo miraba como si fuese el primer hallazgo de su vida. Algunos necesitaban cota, otros no. ¡Qué importa! Cada una de esas piezas merecía ser recogidos por ella, quien los seleccionaba cuidadosamente para, después, volver a apuntar algo en su agenda. Algo que ya me empezaba a picar la curiosidad…

Levantarse era un suplicio, pero lo conseguía. Si había que hacer bolsas para los materiales las hacía para ella y para sus compañeros. Qué más da so que arre si es por el bien de la excavación. A la vez que rotulaba esas bolsas de “camiseta” lanzaba hondonadas de miradas a los grupos de trabajo, no sin antes arengar con un “vamos, que eso no se pica solo”, o con un “venga, que es para hoy”. Sin embargo lo hacía con un talante y una soltura que tan siquiera provocaba la mueca cariñosa de estudiantes y veteranos. Y quiere dejarlo…

Al paso por los grupos, cuando su corte ya estaba niquelado, en la inspección, no sobraban caricias y muecas de cariño a sus compañeros, absortos en una labor de excavación que ella llevaba practicando mucho tiempo. El resto la miraba con una mezcla de admiración y devoción. Y yo, como observador, seguía mirando…

Seguía mirando cómo tomaba cotas como el que se sirve una taza de té. Seguía mirando cómo preparaba los jalones para unas fotografías que salían solas; seguía mirando mientras raspaba un nivel de cenizas invisible a cualquiera, pero que ella interpretaba hacia donde, por dónde y por qué; seguía mirando, estupefacto, mientras ella, no sin dolor, descendía por agujeros plagados de piedras enrevesadas y mal avenidas, para dar orden y concierto a una matriz estratigráfica parida en los infiernos. Y quiere dejarlo…

Y en varias ocasiones, me tocó escucharla. Me tocó escuchar sus explicaciones sobre los hornos de cerámica en la antigüedad; sobre la distribución de los espacios en tiempos de los romanos; e incluso, ¡sobre la cerámica precolombina! Me tocó escuchar, en poco tiempo,  una sinfonía de magistrales lecciones que sonaban a melodía, mientras los estudiantes apenas sostenían sobre sus caras mandíbulas y dientes. Me tocó escuchar que conoció a ilustres personajes de la profesión, que fue enseñada por maestros y que, con el tiempo, ella misma se había convertido en maestra de maestros. Y quiere dejarlo…

Al terminar mi visita, demasiado fugaz para mí gusto, mi despedida fue reverencia. Me tomé, en ese instante, un breve letargo de mi infumable profesión, plagada de “sabios” que lo saben todo, que te los encuentras en todos los lados. Entonces conocer a alguien que no hace ruido, que no quiere saber más de lo que sabe. Y aunque diga, entre risas y bromas, que “es la más inteligente de todos los aquí reunidos”, cree que la profesión no es su vida, no es su vocación, no ha nacido para ello. Y quiere dejarlo…

Amiga, sabes quién soy y yo se quien eres. No hay profesión perfecta, pero tú, a la mía, la haces como tal; sin ruidos ni bandas sonoras; sin florituras ni festejos; sin parrafadas desfasas ni excesos. Sólo haces tu trabajo. Te cuesta horrores porque el suelo está duro y cuando llueve nos mojamos. Pero eso no importa porque al día siguiente vuelves a estar en ese páramo.

No lo dejes, te lo ruego. Esta profesión necesita gente como tú. Estos profesionales necesitan gente como tú.

Se llama admiración. No suelo tenerla habitualmente –menos en arqueología- pero se ha dado el caso.

No nos dejes…

NmA.

Se acabó el verano…

… y con él, es el fin de las excavaciones!

¡Qué pena me da, por Dios… Fin a esos interminables turnos de 15 días, en donde te puede tocar quitar una capa de 30 centímetros de mierda y no ver una puñetera pieza…

Es el fin de esas excavaciones durmiendo en colchonetas atestadas de piojos, el fin de comer “ganchitos” y “cheetos” acompañados de cerveza…

Se acabaron las duchas con siete kilos de hongos y catorce kilos de matas de pelos, de tiritas que se quedan olvidadas y de manchurrones de inquietante origen…

Se han terminado las habitaciones llenas de ropa sucia y que huelen a una mezcla de vivero y clase de gimnasia, donde el olor a sobaco es tan familiar como insoportable…
Se acabaron las horas interminables de picar y palear mientras suena la música en un móvil, intercalando canciones de Manolo Escobar y de los Manowar…

Se acabaron. Se terminaron la miradas pícaras entre los estudiantes, las broncas de los técnicos, el olor a paraloid y las charlas vespertinas, perfectas si se había trasnochado…

Se han terminado las terras sigillatas, las puntas le valois y los fosos plagados de cerámica a torno. Se han terminado los dibujos a escala 1:20 o los drones sobrevolando las cabezas. Han terminado las visitas institucionales de alcaldes, curas, Guardias Civiles y de los listillos de los pueblos que saben perfectamente dónde está enterrado Viriato…

Es el final de los intensos debates sobre procesualismo y marxismo, sobre la que se ha puesto tetas en el “Sálvame” o sobre si Messi o Ronaldo… Todo eso se ha acabado…

Se acabaron… Hasta el año que viene…
Porque no será hoy cuando nuestra profesión deje de contar con estos detalles que nos hacen arqueólogos, que nos hacen imperfectos, que nos hacen humanos. Se acaba el verano pero no la arqueología…
Y yo, vuelvo…
Vuestro amigo,

NmA

“Y AHORA, ¿QUÉ?”…

… vino a decirme un estudiante de quinto de carrera. Mientras paseábamos por el fantástico campus de la Universidad de Essex, charlábamos Conrad y yo sobre las desgracias y miserias que habían padecido algunos de los más ilustres arqueólogos, como don Adolf Schulten, quien tuvo que bailar al son del mismísimo Kaiser Guillermo II durante sus excavaciones en España. O si no el gran Dominico Fontana, que aún siendo arquitecto fue el verdadero descubridor de Pompeya, hasta que le “virlaron” la excavación. Por no mencionar a Frederick Catherwood, quien murió en el naufragio del vapor Artic. ¡Pero si al mismísimo Gabriel de Mortillet le dieron de gorrazos en las Guerras Napoleónicas!…

Y es que mi amigo Conrad, como digo, estudiante de carrera y vividor de profesión, estaba preocupado por la situación que le deparaba al terminar su graduación. Yo le decía constantemente que no se preocupase. Que si mi amigo Lancaster había conseguido colocarse, para él sería relativamente sencillo. No es que Lancaster lo haya tenido fácil, ni tampoco es que sea un zote, pero es el prototipo clásico de los que llamo “pasillistas”, de los que van de un lado a otro saludando y entre besamanos y cafés consiguen un trabajillo (querido, no te enfades conmigo, sabes que te quiero). Pero cuidado, que Lancaster es mi amigo, y se lo ha ganado. Pero es otro rollo… Conrad es diferente. Conrad es un tío de campo, de trinchera, de no cambiarse la muda o de darse un chapuzón en el río. Quizá con lo de la muda haya exagerado, pero es el clásico rostro destrozado por el sol y cosido a lametazos por el sudor. Es un excelente arqueólogo, yo lo he visto. Desde que empezó la carrera siempre se apuntaba a todas las excavaciones de voluntario. Es, como digo, un arqueólogo zapador…

Sin embargo, al muchacho le ha dado por leer. Se lo dije. Se lo advertí. “Sigue tu camino. Se fiel a ti mismo. No leas la opinión de los compañeros sobre la profesión”. No me hizo caso. Lo hizo. Ha leído opiniones diversas, en foros diversos, de diversa gente con diversas opiniones. Todas respetables, debo decir. Y además verídicas, también debo decirlo. Son opiniones de arqueólogos respetables, de buenos amigos y de buena gente. Son opiniones que reflexionan sobre lo que hemos hecho en el pasado. Son opiniones sobre lo que no se ha hecho, y lo que no se sigue haciendo, debo admitir también. Son reflexiones sobre un sistema que no ha funcionado. Y son buenas reflexiones, repito. De buena gana lo afirmo. Todo lo que cuentan es cierto. Los arqueólogos nos vendimos por unas migajas, destripamos a la vaca moribunda y miramos a otro lado cuando la cosa iba bien para nosotros, y mal para el sector. No lo estábamos viendo venir, ¿o tal vez si? ¿Somos los verdaderos responsables, o nos empeñamos en echar la patata caliente a los estados, a las administraciones, al capital, o al Manchester United?

Ahora tengo aquí a Conrad. Es un buen hombre, de no ser porque es del Liverpool. Además es un buen arqueólogo con amplia experiencia. Pero no sabe qué hacer. Le han llenado la cabeza de historias para no dormir. A diferencia de otros compañeros más jóvenes que él, no tiene la desvergüenza de lanzarse al vacío. Ya no tiene edad. Ya no tiene ganas porque lo ha vivido. Ha mamado de la ubre que parecía no terminarse nunca. Y además ha visto caer torres, abrir zanjas y destripar muros. Lo hacía porque le decían que “así tenía que ser”. Y mientras me cuenta sus penas, a la vez que juguetea con un calibre en la mano, veo la tristeza en su rostro, una mirada perdida, porque esa vocación que a todos nos embriaga cuando empezamos la carrera, se ha diluido. ¡El que diga lo contrario miente! Estamos en esto porque nos gusta, nos morimos por esto. ¿Friki? Y una leche. Vocacional, gracias. Que parece que mencionamos la emoción de la arqueología y somos unos flipados. Esos mismos que ponen en duda este sentimiento son los que luego despotrican de las empresas de arqueología, y a la mañana siguiente se están vendiendo por un plato de lentejas. Y mientras tanto, un buen profesional, aquí a mi lado, se plantea empezar a trabajar en la planta de prefabricados de su tío Jack…

¿Y ahora qué? Se lo pregunto a los que, día tras día, nos bombardean con sus reflexiones de que no se ha hecho nada de nada en el pasado. Se lo pregunto a los que confiesan de yacimientos arrasados, de profesionales que no publican, de universidades que no apoyan… ¡Que sí, joder! ¡Que ya lo sabemos! Ya hemos captado vuestra idea. Los que hemos recibido unos cuantos azotes (a mi casi me estalla un Kalashnikov en las manos, os lo recuerdo) sabemos que se han hecho auténticas barbaridades. Se han manipulado a profesionales. Se ha expoliado. Se has destruido yacimientos. Se han perdido materiales. ¿Prosigo? También se han recuperado centros históricos. Se han remodelado museos. Se han revisado las cartas arqueológicas. ¡Hasta se han hecho películas nuevas! Pero sobre todo, y por encima de todo, ¿sabéis lo que se ha hecho, y lo que no se ha hecho? Lo que se ha hecho ha sido concienciar a la población sobre nuestra profesión. Es posible que no estemos a la altura de los médicos, de los abogados, de los ingenieros o de los jugadores de bridge. Nunca lo estaremos. Pero la gente ya nos pone caras. La gente nos pone chalecos. Nos pone botas y casco. Puede que aún no lo tengan claro, pero por lo menos mi abuela Susan ya no piensa que soy jardinero. Para bien, o para mal, la gente nos pone (qué mal suena esto, ¿verdad, Conrad?)…

¿Sabéis lo que no se ha hecho? Pues lo más importante: unirnos. Seguimos dando palmas con nuestros propios éxitos. Nos emborrachamos de nuestras publicaciones, y sigue faltando humildad a todos los niveles. Qué bien suena eso de “La Situación de la Arqueología, HOY”. ¿Pero qué mierdas me estáis contando? Debería ser “La Situación de los Arqueólogos MAÑANA”. No nos enteramos. Mi amiga Corina decía que “estar de mierda hasta el cuello no es malo del todo, porque se está calentito. Lo peor es cuando algún simpático se dedica a hacer olas…” Reflexionar está muy bien. A mi me han reflexionado en varios idiomas (algunos amigos míos de España se estarán dando por aludidos). Pero queridos míos, dejad de reflexionar, que ya sabemos que todo ha ido como el culo. ¡Lo sabemos! Y seguir reflexionando no va a solucionar las cosas. Debatamos, si, pero planteemos soluciones. Y sobre todo, ante todo os pido que no llenemos de heces el camino de los jóvenes estudiantes, esos membrillos que como Conrad (membrillo un poco pasado, cierto) se plantean qué hacer con sus vidas. No os pido que imaginemos un mundo de colores y mariposillas en donde el Cú Chulain es el panadero de mi barrio. No pretendo que mintamos a la gente. No es fácil, pero basta ya de recordar las míseras miserias de lo que hicimos y fuimos. Miremos adelante, no por nosotros, ni siquiera por nuestro Patrimonio. Miremos adelante por la juventud que es, al fin y al cabo, el futuro del sector profesional. Ellos serán los que sigan hurgando en las entrañas, buscando más Anfípolis, más Ricardos III, más documentos ocultos…

Terminé la conversación con mi amigo Conrad de la mejor manera posible. Un reconfortante abrazo para él y la recomendación de que lea Silencing the Past, de Rolph Trouillot. Lectura que, por otro lado, recomiendo a todos los que miramos –me incluyo- hacia atrás y vemos las barbaridades que hemos hecho. Pero no miréis hacia atrás con los dos ojos, sino de rabillo. Os lo recomiendo. Mucho nos ha costado decidirnos por nuestra profesión, y más aún el poder dedicarnos a ella, con suerte, con contactos o de cualquier otra manera posible, para que las inmundicias que hemos plantado no nos dejen ver el camino que se abre delante.

No lo hagamos por nosotros. Hagámoslo por Conrad…

NmA.

 EN EL AÑO DE LA CABRA Y DE PORFIRIO…

… se producirán muchos acontecimientos importantes en nuestro mundo. El 2015 será el año de la Cabra según el calendario chino, pero también será el año del estreno de Misión Imposible Parte 5, será el año del videojuego Final Fantasy XV (*)

(*) Nota mental: si, si, XV ni más ni menos…

CHORRADA

Y además será el bicentenario del nacimiento de Juan Bosco. ¡Qué alegría! ¡Qué gran año nos espera! Porque además, en el campo de la arqueología, el gobierno de Perú ha informado de importantes descuentos en las visitas al Machu Pichu, a fin de incentivar el turismo (**).

(**) Nota mental: Machu Pichu, no me suena, creo que es un yacimiento “normalito” que apenas se conoce…

Abandonamos un año en el que se siguen ignorando a las víctimas de cuantos conflictos militares se han producido, de un bando y de otro, sin que pueda hacerse justicia y sin que a los arqueólogos nos dejen trabajar tranquilos… Abandonamos un año en el que las guerras han destruido numerosísimos monumentos y yacimientos de incalculable valor histórico, sin que los gobiernos se preocupe
n lo más mínimo (***).

(***) Nota mental: recuerda, Neill, es más importante el petróleo o el gas, ¿no te acuerdas?

nICO

 Abandonamos un año en que el sector de la arqueología, a nivel mundial, sufre un grave retroceso. Un año en el que se ha producido una fuerte reducción de fondos para la investigación, seguido de un tremendo descenso de proyectos de investigación, y un año en el que muchos compañeros, buenos amigos, y mejores profesionales, han tenido que abandonar sus hogares, a sus familias, a su tierra, para buscarse la vida en el sector, o en otros sectores. Este efecto se ha agudizado en aquellos países en los que sus gobiernos han incentivado las mejores leyes para la desprotección del Patrimonio Histórico (****).

(****) Nota mental: ¡mierda!, ¿por qué siempre pienso en España para estas cosas?

 Y finalmente, abandonamos un año en el que las iniciativas colectivas, los proyectos en común y la tendencia general de los profesionales sigue siendo la misma: la supervivencia. Pero no pasa nada, ¡RELAX!, porque hemos encontrado una tumba maravillosa en Anfípolis, los huesos de Ricardo III y una ciudad subterránea en Turquía, con casas, fuentes, un estadio de fútbol y cines porno. ¡Tranquilos, que la arqueología está salvada! (*****)

(*****) Nota mental: ahora es cuando te llueven los guantazos. No aprendes…

2014

 Sin embargo, sabéis que os tengo aprecio… Y por eso, os quiero desear a todos, compañeros de trincheras y “bellota”, un año 2015 lleno, llenito de éxitos académicos. Tal vez, de esa forma, y mientras llenamos nuestros capazos de trofeos, nos olvidemos de hacer la puñeta al prójimo. Es por eso que os dedico esta famosa frase de Porfirio Díaz, del que por cierto en el 2015 se cumplen cien años de su fallecimiento: “Perro con hueso en la boca, ni muerde ni ladra…”

Sabéis que os quiero. Feliz 2015…

NmA.

VACIANDO TRIPAS DE GIGANTES

No estoy inspirado, para nada en absoluto, y por lo tanto no se qué saldrá de esto…

Tampoco puedo dedicarle mucho tiempo, pero en ocasiones como ésta, el tiempo hay que inventarlo…

Ven un edificio y lo cambian, o lo modifican, o lo manipulan… o lo destruyen…

Se creen que el edificio es lo que se ve por fuera, o simplemente, lo que no se ve. Arrancan paredes como el que monda una fruta, lo dejan desnudo, carente de cara, sin máscara, sin identidad. Y no pasa nada…

Luego van al interior. Ven sus tripas. Ven su alma. El alma de un edificio es aquello que ha quedado de su uso, de sus habitantes, de los acontecimientos. Pero ellos no ven nada de eso…

Sólo ven un uso, el actual, el beneficiario. Esa alma la simplifican a la mínima esencia. Qué burros. Dicen que un edificio es una cosa urbanística y se escudan en que la ciudad debe progresar. Qué burros, otra vez…

Antes del golpe final, el edificio, ya sin cara, ya sin tripas, ya sin alma, posa desnudo con su esqueleto al aire. Sigue pidiendo ayuda a nadie, y nadie le ayuda. Se queda en pie mirando a los viandantes que le observan, algunos con perplejidad, muchos con desdén…

Poco a poco, se va viniendo abajo. Un edificio histórico sin sus ropajes se muere. Poco a poco va cediendo…

Entonces hinca la rodilla al suelo. Ese enorme armazón de historias cede su último aliento. Es entonces cuando algunos se quejan y ponen medidas. Sin embargo los carroñeros conocen el sistema, corrupto, naturalmente, y siguen adelante…

Le asestan el golpe de gracia. El gigante cae y todos lloramos. Le han quitado la cara, y nos quedamos perplejos. Le han vaciado las tripas, y nos quejamos. Lo tiran abajo y nos escandalizamos…

Pasa el tiempo, y sobre la enorme tumba del gigante se levantan otros gigantes a los que, seguramente, el tiempo les depare un final parecido. ¿Qué hemos conseguido? Nada…

Por eso mismo, doy las gracias a los que vacían las tripas de los gigantes. Con ese gesto llenáis las mías de indignación. Llenáis las mías de ganas de seguir adelante. Llenáis las mías con palabras que aquí comparto. Sois unos ignorantes con estudios, unos estúpidos que no pararéis de derribar gigantes, ¿verdad? Algún día, quien sabe, os esperaré a los pies de algún gigante, y os lo podré explicar…

Mientras tanto, no lloréis. Ya lo hacemos los demás…

NmA

Fuente: elpais.com 29/11/2014
Fuente: elpais.com
29/11/2014

El valor de los muertos

He tenido que poner este titular para atraer tu atención. Por lo visto, lo he conseguido.

Cuando excavamos un sepulcro de la Edad del Bronce, se dice que hacemos arqueología y de la buena. Si el resto en cuestión es una tumba romana, somos la pera. Y si resulta que son los sepulcros de debajo de un convento, estamos nominados al premio Nobel. ¿Y qué pasa cuando son víctimas de la Guerra Civil española?

Estudiamos al ser humano y lo dignificamos. Le damos sentido a la vida que ha tenido. A todos los humanos, me refiero. Porque después leo que se han gastado un dineral en localizar a Miguel de Cervantes. Y al poco, leo el artículo de Azahara Martínez Vallejo en el número 3 de La Linde (http://www.lalindearqueologia.com/index.php/crea-articulo/61-edicion-numero-3/construyendo-memoria-social-3/129-la-mendicidad-en-las-exhumaciones-de-la-guerra-civil), y lo cierto es que me desconsuela. Me desconsuela cómo unos y otros destripan la esencia de nuestro trabajo. Las latas, las hebillas, los cargadores, las cucharillas o los cartuchos, nada tienen que envidiar a la forma Hispánica 4, a la cerámica cordada o a las lascas Levalloise.

Investigamos, y en ocasiones, en muchas ocasiones, bajo presión económica y social. Aún así, siguen dudando de nuestra entereza investigadora. Dudan de si analizamos las fosas comunes con objetividad. Dudan de nuestra experiencia, de nuestros valores morales y de nuestras intenciones. Se creen que lo hacemos porque somos rojos, azules, ateos, católicos, melancólicos, inconformistas, “progres” y hasta socios del Rayo Vallecano. Somos investigadores. Somos inquietos, si, y además sentimos inquietud por el ser humano. Y además, pese a quien le pese, seguiremos excavando, y seguiremos encontrando restos humanos. Les honraremos. Les daremos cara, vida y hasta forma en 3D. lo haremos a pesar de la parsimonia de la administración –toda ella-. Un estado debe ser muchas cosas, pero lo primero que debe ser es valiente. No hay valor en este ni en ningún gobierno que vaya a tener España. Pero aún así, seguiremos hablando con los difuntos. Porque no son fosas normales, ni las vaciamos. Son el reposo de nuestros antepasados. A mí me gustaría encontrar a mis caídos, de una trinchera y de otra, eso me da igual. Pero que me dejen hacerlo, o que dejen a mis compañeros hacerlo. Queremos honrarles. Y basta ya de hipocresías… Déjennos trabajar.

Mi apoyo incondicional a los valientes de abajo y de arriba.

NmA.