Los Siete Reinos de la Arqueología

No hace poco, mientras tomaba una pinta en una lúgubre taberna de Stockwell, un compañero de profesión me preguntó que “cuál era mi tendencia” en el campo de la arqueología. A punto estuve de sacar la mano a paseo, cuando recalcó que tenía interés por conocer mi academia y mi manera de interpretar las cosas, en resumen, ideolog001ía investigadora. Tras cinco segundos de silencio aterrador, no pude hacer otra cosa sino soltar una sonora carcajada, a la que mi amigo respondió con otra similar. Tras detener nuestras risas, dimos un largo sorbo a las cervezas, y de nuevo me preguntó: “en serio, ¿cuál es tu reino?”

 “¿Mi reino?” En ese momento no supe qué responderle. Él aseveró que se consideraba un post-procesualista de pro, y que por lo tanto, uno de sus objetivos era “combatir con fiereza extrema a los arqueólogos del historicismo más radical”. Nuevamente, y tras tres segundos no tan largos como los cinco anteriores, volví a carcajearme potentemente, no sin escupir parte de la cerveza que acababa de beber, y seguido de una flemática y molesta tos… Al contrario que en la primera vez, mi amigo me miró muy seriamente, y me preguntó que a qué se debían mis sornas. Primero le pedí disculpas, sobre todo por la molestia, pero también porque no com002prendía el por qué de tan necesario aparcelamiento de mis investigaciones…

Dos horas  y cinco cervezas después –pocas en mi opinión- pude llegar a una nueva conclusión, otro “sindios” que se estaba viviendo en mi amada profesión. Años atrás, cuando empezaba en esto de la arqueología, mi única preocupación era saber cómo coger un pico sin desencajarme el hombro, cómo se hacían los dibujos a escala o cuál era la manera adecuada de embolsar los materiales. A menudo leía a Bahn, a  Childe o a Shanks, por aquello de no perder la cuerda con respecto a los grandes pensadores. Esas lecturas eran necesarias para un estudiante como yo lo era, y siempre lo serán para cualquier persona que pretenda dedicarse a este mundo. Sin embargo, y tras ese encuentro con mi apreciado amigo, me hago la pregunta si no estaremos “feudalizando” en exceso las diferentes tendencias historiográficas.

No fue una casualidad llegar a esta impresión, que llevaba tiempo corroborando en distintos eventos científicos donde mis queridos compañeros arqueólogos se esmeraban más en defender sus ideologías científicas que sus resultados. Y más allá, esas confrontaciones derivaban en recriminaciones personales del tipo “tu clan de los creacionistas  ha mancillado el noble nombre de los Neanderthales”, o “la Nueva Arqueología siempre paga sus birras”, y así un largo etcétera.

No estoy exagerando, amigo lector. Si echas un vistazoa los profesionales que analizan la evolución de los grupos humanos, te darás cuenta que existe una simiente de odio y repulsa por todo lo que no comparte su opinión. Se tiende a decir que “lo que hay más al Norte del Muro (los Urales, los Alpes Cisalpinos o el Sistema Central) es más puro, más original”. ¿Cómo reaccionarán los que están más al Sur del muro, cuyos trabajos son loables como el que más? Se está fraguando una batalla, amigo mío…

Y es que una batalla entre los Siete Reinos de la Arqueología sólo traería consecuencias desastrosas para un sector profesional que lleva años carroñeando de una vaca moribunda. En no pocos congresos hemos sido testigos de cómo los profesionales, los compañeros, los amigos, barren a favor de una ideología, un concepto, dejando en “bolas” a la verdadera conclusión científica. No se trata de discernir si es más importante el papel y el rol de las mujeres, de los artesanos o de las clases más opulentas, ni tampoco es imprescindible saber –por el contrario, si es importante- si se trataba de un sistema esclavista, clasista, marxista o comunal. ¿Qué sentido tiene postularse a favor de un solo reino, si el resto de los reinos están avocados a la desaparición?

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Tiempo atrás éramos testigos de debates y discursos muy enriquecedores. Que si la cerámica es así, que si es un percutor o no lo es, que si se trata de una villa romana o sólo una granja… Además teníamos opción de compartir experiencias y teorizar sanamente, esgrimiendo argumentos sólidos y basándonos en doctrinas consensuadas. Ahora ya no se hace así. La Casa de los Evolucionistas Culturales jamás aceptaría un matrimonio con un miembro de la Casa de los Procesualistas, porque “un procesualista siempre acepta toda probabilidad”. Pamplinas…

En resumen, y después de mi afortunado encuentro con mi amigo, el cual em dejó claro que “yo no tengo casa”, creo con firmeza que algún día, todos los arqueólogos del mundo nos encontraremos en un campo de batalla sin igual, arruinaremos nuestras bibliotecas, quemaremos nuestros museos y robaremos a vuestras técnicos de seguimiento, porque sólo puede haber un candidato al trono del Ministerio… ¿Seremos capaces de cambiar tanta tontería?

Vuestro amigo.

NmA