“Y AHORA, ¿QUÉ?”…

… vino a decirme un estudiante de quinto de carrera. Mientras paseábamos por el fantástico campus de la Universidad de Essex, charlábamos Conrad y yo sobre las desgracias y miserias que habían padecido algunos de los más ilustres arqueólogos, como don Adolf Schulten, quien tuvo que bailar al son del mismísimo Kaiser Guillermo II durante sus excavaciones en España. O si no el gran Dominico Fontana, que aún siendo arquitecto fue el verdadero descubridor de Pompeya, hasta que le “virlaron” la excavación. Por no mencionar a Frederick Catherwood, quien murió en el naufragio del vapor Artic. ¡Pero si al mismísimo Gabriel de Mortillet le dieron de gorrazos en las Guerras Napoleónicas!…

Y es que mi amigo Conrad, como digo, estudiante de carrera y vividor de profesión, estaba preocupado por la situación que le deparaba al terminar su graduación. Yo le decía constantemente que no se preocupase. Que si mi amigo Lancaster había conseguido colocarse, para él sería relativamente sencillo. No es que Lancaster lo haya tenido fácil, ni tampoco es que sea un zote, pero es el prototipo clásico de los que llamo “pasillistas”, de los que van de un lado a otro saludando y entre besamanos y cafés consiguen un trabajillo (querido, no te enfades conmigo, sabes que te quiero). Pero cuidado, que Lancaster es mi amigo, y se lo ha ganado. Pero es otro rollo… Conrad es diferente. Conrad es un tío de campo, de trinchera, de no cambiarse la muda o de darse un chapuzón en el río. Quizá con lo de la muda haya exagerado, pero es el clásico rostro destrozado por el sol y cosido a lametazos por el sudor. Es un excelente arqueólogo, yo lo he visto. Desde que empezó la carrera siempre se apuntaba a todas las excavaciones de voluntario. Es, como digo, un arqueólogo zapador…

Sin embargo, al muchacho le ha dado por leer. Se lo dije. Se lo advertí. “Sigue tu camino. Se fiel a ti mismo. No leas la opinión de los compañeros sobre la profesión”. No me hizo caso. Lo hizo. Ha leído opiniones diversas, en foros diversos, de diversa gente con diversas opiniones. Todas respetables, debo decir. Y además verídicas, también debo decirlo. Son opiniones de arqueólogos respetables, de buenos amigos y de buena gente. Son opiniones que reflexionan sobre lo que hemos hecho en el pasado. Son opiniones sobre lo que no se ha hecho, y lo que no se sigue haciendo, debo admitir también. Son reflexiones sobre un sistema que no ha funcionado. Y son buenas reflexiones, repito. De buena gana lo afirmo. Todo lo que cuentan es cierto. Los arqueólogos nos vendimos por unas migajas, destripamos a la vaca moribunda y miramos a otro lado cuando la cosa iba bien para nosotros, y mal para el sector. No lo estábamos viendo venir, ¿o tal vez si? ¿Somos los verdaderos responsables, o nos empeñamos en echar la patata caliente a los estados, a las administraciones, al capital, o al Manchester United?

Ahora tengo aquí a Conrad. Es un buen hombre, de no ser porque es del Liverpool. Además es un buen arqueólogo con amplia experiencia. Pero no sabe qué hacer. Le han llenado la cabeza de historias para no dormir. A diferencia de otros compañeros más jóvenes que él, no tiene la desvergüenza de lanzarse al vacío. Ya no tiene edad. Ya no tiene ganas porque lo ha vivido. Ha mamado de la ubre que parecía no terminarse nunca. Y además ha visto caer torres, abrir zanjas y destripar muros. Lo hacía porque le decían que “así tenía que ser”. Y mientras me cuenta sus penas, a la vez que juguetea con un calibre en la mano, veo la tristeza en su rostro, una mirada perdida, porque esa vocación que a todos nos embriaga cuando empezamos la carrera, se ha diluido. ¡El que diga lo contrario miente! Estamos en esto porque nos gusta, nos morimos por esto. ¿Friki? Y una leche. Vocacional, gracias. Que parece que mencionamos la emoción de la arqueología y somos unos flipados. Esos mismos que ponen en duda este sentimiento son los que luego despotrican de las empresas de arqueología, y a la mañana siguiente se están vendiendo por un plato de lentejas. Y mientras tanto, un buen profesional, aquí a mi lado, se plantea empezar a trabajar en la planta de prefabricados de su tío Jack…

¿Y ahora qué? Se lo pregunto a los que, día tras día, nos bombardean con sus reflexiones de que no se ha hecho nada de nada en el pasado. Se lo pregunto a los que confiesan de yacimientos arrasados, de profesionales que no publican, de universidades que no apoyan… ¡Que sí, joder! ¡Que ya lo sabemos! Ya hemos captado vuestra idea. Los que hemos recibido unos cuantos azotes (a mi casi me estalla un Kalashnikov en las manos, os lo recuerdo) sabemos que se han hecho auténticas barbaridades. Se han manipulado a profesionales. Se ha expoliado. Se has destruido yacimientos. Se han perdido materiales. ¿Prosigo? También se han recuperado centros históricos. Se han remodelado museos. Se han revisado las cartas arqueológicas. ¡Hasta se han hecho películas nuevas! Pero sobre todo, y por encima de todo, ¿sabéis lo que se ha hecho, y lo que no se ha hecho? Lo que se ha hecho ha sido concienciar a la población sobre nuestra profesión. Es posible que no estemos a la altura de los médicos, de los abogados, de los ingenieros o de los jugadores de bridge. Nunca lo estaremos. Pero la gente ya nos pone caras. La gente nos pone chalecos. Nos pone botas y casco. Puede que aún no lo tengan claro, pero por lo menos mi abuela Susan ya no piensa que soy jardinero. Para bien, o para mal, la gente nos pone (qué mal suena esto, ¿verdad, Conrad?)…

¿Sabéis lo que no se ha hecho? Pues lo más importante: unirnos. Seguimos dando palmas con nuestros propios éxitos. Nos emborrachamos de nuestras publicaciones, y sigue faltando humildad a todos los niveles. Qué bien suena eso de “La Situación de la Arqueología, HOY”. ¿Pero qué mierdas me estáis contando? Debería ser “La Situación de los Arqueólogos MAÑANA”. No nos enteramos. Mi amiga Corina decía que “estar de mierda hasta el cuello no es malo del todo, porque se está calentito. Lo peor es cuando algún simpático se dedica a hacer olas…” Reflexionar está muy bien. A mi me han reflexionado en varios idiomas (algunos amigos míos de España se estarán dando por aludidos). Pero queridos míos, dejad de reflexionar, que ya sabemos que todo ha ido como el culo. ¡Lo sabemos! Y seguir reflexionando no va a solucionar las cosas. Debatamos, si, pero planteemos soluciones. Y sobre todo, ante todo os pido que no llenemos de heces el camino de los jóvenes estudiantes, esos membrillos que como Conrad (membrillo un poco pasado, cierto) se plantean qué hacer con sus vidas. No os pido que imaginemos un mundo de colores y mariposillas en donde el Cú Chulain es el panadero de mi barrio. No pretendo que mintamos a la gente. No es fácil, pero basta ya de recordar las míseras miserias de lo que hicimos y fuimos. Miremos adelante, no por nosotros, ni siquiera por nuestro Patrimonio. Miremos adelante por la juventud que es, al fin y al cabo, el futuro del sector profesional. Ellos serán los que sigan hurgando en las entrañas, buscando más Anfípolis, más Ricardos III, más documentos ocultos…

Terminé la conversación con mi amigo Conrad de la mejor manera posible. Un reconfortante abrazo para él y la recomendación de que lea Silencing the Past, de Rolph Trouillot. Lectura que, por otro lado, recomiendo a todos los que miramos –me incluyo- hacia atrás y vemos las barbaridades que hemos hecho. Pero no miréis hacia atrás con los dos ojos, sino de rabillo. Os lo recomiendo. Mucho nos ha costado decidirnos por nuestra profesión, y más aún el poder dedicarnos a ella, con suerte, con contactos o de cualquier otra manera posible, para que las inmundicias que hemos plantado no nos dejen ver el camino que se abre delante.

No lo hagamos por nosotros. Hagámoslo por Conrad…

NmA.

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