EPITAFIO DE UN ARQUEÓLOGO

—Amigos, los arqueólogos son hombres y han libado también la leche maternal, como nosotros, aunque el hado los haya tratado con mayor rigor que a nosotros; por mi salvación os digo que deseo que gusten todos ellos, en vida mía, la posibilidad de trabajar libres. En suma, a todos ellos manumito en mi testamento, y lego además a los arqueólogos la posibilidad de enmendar sus errores; a ellos lego un futuro tan incierto como profuso de éxitos. En cuanto a mi querida Arqueología, la instituyo mi heredera universal y la recomiendo a todos mis amigos. Si publico anticipadamente mi testamento, es porque quiero que todos los míos me quieran desde ahora como si hubiese ya fallecido.

Todos los esclavos se apresuraron a dar las gracias a su señor; pero éste, tomando la cosa muy en serio, hizo traer su testamento y lo leyó de un extremo a otro, en medio de los sollozos de toda su gente.

Luego, volviéndose hacia todos, exclamó:

—¡Qué dices de esto, carísimo amigo! ¿Construyes mi monumento sepulcral con arreglo a mis instrucciones? Sobre todo, te ruego que no dejes de poner la foto de mis maestros a los pies de mi estatua, y coronas y perfumes e inscripciones que recuerden mis escritos, a fin de que deba a tu hábil cincel la gloria de vivir después de muerto. Quiero, además, que el terreno para mi sepulcro esté liberado de toda ruina arqueológica, porque deseo que alrededor de mi tumba se planten toda clase de árboles frutales y, sobre todo, mucha viña. Nada me parece tan absurdo como el que cuidemos tanto las casas en que vivimos unos cuantos años y descuidemos en absoluto las tumbas, casas en las cuales debemos de permanecer eternamente. Pero, ante todo, quiero que se grabe en la mía esto: “mi heredero, arqueólogo o no, tiene todo el derecho sobre este monumento”. Por lo demás, ya tratare por mi testamento de que no puedan recibir mis restos injuria alguna, pues uno de mis compañeros de profesión será nombrado custodio de mi tumba para impedir que la profanen los paseantes. No te olvides tampoco, compañero, de representar en el monumento mis herramientas de trabajo, y a mí mismo, sentado en un tribunal, con ropa de campo, con picos, palas y libris; porque tú sabes que he sido un buen trabajador de campo, mejor orador y excelente divulgador. Si te parece, puedes representar ciudades romanas, cerámicas islámicas o fortalezas. A mi derecha colocarás libros, plumas y tinteros. A mi izquierda, todo tipo de útiles de excavación como paletines, cinceles y un gran capazo, sobre la cual un niño derrama abundantes lagrimas. En el centro del monumento trazarás un cuadrante solar, dispuesto de tal modo que todos los que miren la hora se vean obligados, aunque les pese, a leer mi nombre.

En cuanto al epitafio, mira y estudia detenidamente si te parece bien así:

UN ARQUEÓLOGO AQUÍ YACE. EN AUSENCIA DE OTRO, FUE NOMBRADO DOCTOR; REHUSÓ VARIAS VECES EL HONOR DE UNA JERARQUÍA EN TODAS LAS ADMINISTRACIONES. PIADOSO, VALEROSO, FIEL, SUPO DE LA NADA ELEVARSE A LOS PRIMEROS PUESTOS. NO DEJÓ GRANDES CANTIDADES DE DINEROS. SIEMPRE QUISO APRENDER DE LOS FILÓSOFOS.

R.I.P. CAMINANTE: IMITA SU CONDUCTA.

Fragmento basado en el CAPITULO LXXI del Satiricón de Petronio

NmA.

Anuncios

LA PUERTA DE UN GARAJE

Una puerta de garaje…

Eso es lo que vale nuestro trabajo, lo que cuesta instalar una puerta de garaje.

No es broma, es una realidad. Puede que los precios suban, o bajen; se estanquen o se disparen. Al final, nuestro trabajo cuesta lo mismo que una puerta de garaje. Incluso es más cara la instalación de una caldera de gas. Insisto: no exagero.

Hablo de trabajos profesionales. Hablo de un mes de seguimiento de obra. Hablo de unos sondeos, de unas zanjas o de unos decapados. Con el montante total se podría instalar una puerta de garaje, rematar los rodapiés de una casa grande o adecuar unos jardines. Eso es lo que vale nuestro trabajo.

El trabajo de licenciados superiores, de doctores y de profesionales cualificados, cuesta lo mismo que la instalación de ventanas aislantes; generar la información necesaria para proteger y preservar un yacimiento cuesta lo mismo que colocar suelo radiante, y a veces lo mismo que una bicicleta de competición.

La protección de nuestro Patrimonio Arqueológico tiene el mismo precio que muchos trajes de etiqueta; lo mismo que cambiar grifería simple por grifería combinada. Catalogar e inventariar cientos de yacimientos es caro, pero no tanto como colocar una chimenea con piedra especial. Musealizar con paneles unos grabados rupestres es costoso, si, pero no tanto como impermeabilizar una fachada, o que retejar una casa…

Nuestro trabajo no es barato. Nunca lo he dicho, ni nunca lo diré. Pero a veces me pongo a escuchar a esos políticos, a esos promotores, a esos “motores” de la sociedad diciendo que unas pocas piedras paralizan un país. Me río de todos ellos y lloro por todos nosotros. Porque nosotros, los arqueólogos, no somos capaces de decir BASTA. Ni siquiera entre nosotros somos capaces de decir NO.

Y mientras tanto, nuestro trabajo sigue costando lo mismo que la puerta de un garaje…

Vuestro amigo…

NmA.