Lo estabais esperando

Saludos, amigos…

Después de muchos, de demasiados meses en silencio, y tras un largo periodo de reflexión e inflexión, he decidido volver a compartir con vosotros mis opiniones viscerales sobre este “fantástico” mundo llamado: “arqueología”.

Lamento la demora, la ausencia y la subida de los tipos de interés.

Pronto estaré con vosotros… Una semana, y contando…

A vuestros fecundos pies, vuestro amigo,

NmA.

EPITAFIO DE UN ARQUEÓLOGO

—Amigos, los arqueólogos son hombres y han libado también la leche maternal, como nosotros, aunque el hado los haya tratado con mayor rigor que a nosotros; por mi salvación os digo que deseo que gusten todos ellos, en vida mía, la posibilidad de trabajar libres. En suma, a todos ellos manumito en mi testamento, y lego además a los arqueólogos la posibilidad de enmendar sus errores; a ellos lego un futuro tan incierto como profuso de éxitos. En cuanto a mi querida Arqueología, la instituyo mi heredera universal y la recomiendo a todos mis amigos. Si publico anticipadamente mi testamento, es porque quiero que todos los míos me quieran desde ahora como si hubiese ya fallecido.

Todos los esclavos se apresuraron a dar las gracias a su señor; pero éste, tomando la cosa muy en serio, hizo traer su testamento y lo leyó de un extremo a otro, en medio de los sollozos de toda su gente.

Luego, volviéndose hacia todos, exclamó:

—¡Qué dices de esto, carísimo amigo! ¿Construyes mi monumento sepulcral con arreglo a mis instrucciones? Sobre todo, te ruego que no dejes de poner la foto de mis maestros a los pies de mi estatua, y coronas y perfumes e inscripciones que recuerden mis escritos, a fin de que deba a tu hábil cincel la gloria de vivir después de muerto. Quiero, además, que el terreno para mi sepulcro esté liberado de toda ruina arqueológica, porque deseo que alrededor de mi tumba se planten toda clase de árboles frutales y, sobre todo, mucha viña. Nada me parece tan absurdo como el que cuidemos tanto las casas en que vivimos unos cuantos años y descuidemos en absoluto las tumbas, casas en las cuales debemos de permanecer eternamente. Pero, ante todo, quiero que se grabe en la mía esto: “mi heredero, arqueólogo o no, tiene todo el derecho sobre este monumento”. Por lo demás, ya tratare por mi testamento de que no puedan recibir mis restos injuria alguna, pues uno de mis compañeros de profesión será nombrado custodio de mi tumba para impedir que la profanen los paseantes. No te olvides tampoco, compañero, de representar en el monumento mis herramientas de trabajo, y a mí mismo, sentado en un tribunal, con ropa de campo, con picos, palas y libris; porque tú sabes que he sido un buen trabajador de campo, mejor orador y excelente divulgador. Si te parece, puedes representar ciudades romanas, cerámicas islámicas o fortalezas. A mi derecha colocarás libros, plumas y tinteros. A mi izquierda, todo tipo de útiles de excavación como paletines, cinceles y un gran capazo, sobre la cual un niño derrama abundantes lagrimas. En el centro del monumento trazarás un cuadrante solar, dispuesto de tal modo que todos los que miren la hora se vean obligados, aunque les pese, a leer mi nombre.

En cuanto al epitafio, mira y estudia detenidamente si te parece bien así:

UN ARQUEÓLOGO AQUÍ YACE. EN AUSENCIA DE OTRO, FUE NOMBRADO DOCTOR; REHUSÓ VARIAS VECES EL HONOR DE UNA JERARQUÍA EN TODAS LAS ADMINISTRACIONES. PIADOSO, VALEROSO, FIEL, SUPO DE LA NADA ELEVARSE A LOS PRIMEROS PUESTOS. NO DEJÓ GRANDES CANTIDADES DE DINEROS. SIEMPRE QUISO APRENDER DE LOS FILÓSOFOS.

R.I.P. CAMINANTE: IMITA SU CONDUCTA.

Fragmento basado en el CAPITULO LXXI del Satiricón de Petronio

NmA.

LA PUERTA DE UN GARAJE

Una puerta de garaje…

Eso es lo que vale nuestro trabajo, lo que cuesta instalar una puerta de garaje.

No es broma, es una realidad. Puede que los precios suban, o bajen; se estanquen o se disparen. Al final, nuestro trabajo cuesta lo mismo que una puerta de garaje. Incluso es más cara la instalación de una caldera de gas. Insisto: no exagero.

Hablo de trabajos profesionales. Hablo de un mes de seguimiento de obra. Hablo de unos sondeos, de unas zanjas o de unos decapados. Con el montante total se podría instalar una puerta de garaje, rematar los rodapiés de una casa grande o adecuar unos jardines. Eso es lo que vale nuestro trabajo.

El trabajo de licenciados superiores, de doctores y de profesionales cualificados, cuesta lo mismo que la instalación de ventanas aislantes; generar la información necesaria para proteger y preservar un yacimiento cuesta lo mismo que colocar suelo radiante, y a veces lo mismo que una bicicleta de competición.

La protección de nuestro Patrimonio Arqueológico tiene el mismo precio que muchos trajes de etiqueta; lo mismo que cambiar grifería simple por grifería combinada. Catalogar e inventariar cientos de yacimientos es caro, pero no tanto como colocar una chimenea con piedra especial. Musealizar con paneles unos grabados rupestres es costoso, si, pero no tanto como impermeabilizar una fachada, o que retejar una casa…

Nuestro trabajo no es barato. Nunca lo he dicho, ni nunca lo diré. Pero a veces me pongo a escuchar a esos políticos, a esos promotores, a esos “motores” de la sociedad diciendo que unas pocas piedras paralizan un país. Me río de todos ellos y lloro por todos nosotros. Porque nosotros, los arqueólogos, no somos capaces de decir BASTA. Ni siquiera entre nosotros somos capaces de decir NO.

Y mientras tanto, nuestro trabajo sigue costando lo mismo que la puerta de un garaje…

Vuestro amigo…

NmA.

ADMIRACIÓN Y PROFESIÓN, ¿POR QUÉ NO?

Hoy he conocido a una arqueóloga de entre 50 y 100 años…

Es una mujer de poca estatura, pero de muy altas miras. Sin embargo, hoy nos ha sorprendido, y no era una sorpresa agradable. Hoy se ha atrevido a decir que “está muy cansada de la profesión y que quiere dejarlo…”

Tras escucharlo, me he puesto a observarla mientras trabajaba, cual hormiguita, en su tajo…

En su corte, en su perfil, vertical y perfectamente a plomo, se veían cristalinos unos estratos que hablaban sin tapujos, mientras ella escribía en su cuaderno de espiral algunas notas. Era la única que escribía en un diario sin complejos de alguien sin complejos. Y quiere dejarlo…

Cada golpe de piqueta era un suplicio, porque la espalda ya no da tregua. Sólo la separaba del endurecido suelo una esterilla bastante roñosa, que cuidaba como si de un suelo “cosmati” fuese. Y yo seguía mirando…

Observaba cómo recogía cada fragmento de cerámica y lo miraba como si fuese el primer hallazgo de su vida. Algunos necesitaban cota, otros no. ¡Qué importa! Cada una de esas piezas merecía ser recogidos por ella, quien los seleccionaba cuidadosamente para, después, volver a apuntar algo en su agenda. Algo que ya me empezaba a picar la curiosidad…

Levantarse era un suplicio, pero lo conseguía. Si había que hacer bolsas para los materiales las hacía para ella y para sus compañeros. Qué más da so que arre si es por el bien de la excavación. A la vez que rotulaba esas bolsas de “camiseta” lanzaba hondonadas de miradas a los grupos de trabajo, no sin antes arengar con un “vamos, que eso no se pica solo”, o con un “venga, que es para hoy”. Sin embargo lo hacía con un talante y una soltura que tan siquiera provocaba la mueca cariñosa de estudiantes y veteranos. Y quiere dejarlo…

Al paso por los grupos, cuando su corte ya estaba niquelado, en la inspección, no sobraban caricias y muecas de cariño a sus compañeros, absortos en una labor de excavación que ella llevaba practicando mucho tiempo. El resto la miraba con una mezcla de admiración y devoción. Y yo, como observador, seguía mirando…

Seguía mirando cómo tomaba cotas como el que se sirve una taza de té. Seguía mirando cómo preparaba los jalones para unas fotografías que salían solas; seguía mirando mientras raspaba un nivel de cenizas invisible a cualquiera, pero que ella interpretaba hacia donde, por dónde y por qué; seguía mirando, estupefacto, mientras ella, no sin dolor, descendía por agujeros plagados de piedras enrevesadas y mal avenidas, para dar orden y concierto a una matriz estratigráfica parida en los infiernos. Y quiere dejarlo…

Y en varias ocasiones, me tocó escucharla. Me tocó escuchar sus explicaciones sobre los hornos de cerámica en la antigüedad; sobre la distribución de los espacios en tiempos de los romanos; e incluso, ¡sobre la cerámica precolombina! Me tocó escuchar, en poco tiempo,  una sinfonía de magistrales lecciones que sonaban a melodía, mientras los estudiantes apenas sostenían sobre sus caras mandíbulas y dientes. Me tocó escuchar que conoció a ilustres personajes de la profesión, que fue enseñada por maestros y que, con el tiempo, ella misma se había convertido en maestra de maestros. Y quiere dejarlo…

Al terminar mi visita, demasiado fugaz para mí gusto, mi despedida fue reverencia. Me tomé, en ese instante, un breve letargo de mi infumable profesión, plagada de “sabios” que lo saben todo, que te los encuentras en todos los lados. Entonces conocer a alguien que no hace ruido, que no quiere saber más de lo que sabe. Y aunque diga, entre risas y bromas, que “es la más inteligente de todos los aquí reunidos”, cree que la profesión no es su vida, no es su vocación, no ha nacido para ello. Y quiere dejarlo…

Amiga, sabes quién soy y yo se quien eres. No hay profesión perfecta, pero tú, a la mía, la haces como tal; sin ruidos ni bandas sonoras; sin florituras ni festejos; sin parrafadas desfasas ni excesos. Sólo haces tu trabajo. Te cuesta horrores porque el suelo está duro y cuando llueve nos mojamos. Pero eso no importa porque al día siguiente vuelves a estar en ese páramo.

No lo dejes, te lo ruego. Esta profesión necesita gente como tú. Estos profesionales necesitan gente como tú.

Se llama admiración. No suelo tenerla habitualmente –menos en arqueología- pero se ha dado el caso.

No nos dejes…

NmA.

Se acabó el verano…

… y con él, es el fin de las excavaciones!

¡Qué pena me da, por Dios… Fin a esos interminables turnos de 15 días, en donde te puede tocar quitar una capa de 30 centímetros de mierda y no ver una puñetera pieza…

Es el fin de esas excavaciones durmiendo en colchonetas atestadas de piojos, el fin de comer “ganchitos” y “cheetos” acompañados de cerveza…

Se acabaron las duchas con siete kilos de hongos y catorce kilos de matas de pelos, de tiritas que se quedan olvidadas y de manchurrones de inquietante origen…

Se han terminado las habitaciones llenas de ropa sucia y que huelen a una mezcla de vivero y clase de gimnasia, donde el olor a sobaco es tan familiar como insoportable…
Se acabaron las horas interminables de picar y palear mientras suena la música en un móvil, intercalando canciones de Manolo Escobar y de los Manowar…

Se acabaron. Se terminaron la miradas pícaras entre los estudiantes, las broncas de los técnicos, el olor a paraloid y las charlas vespertinas, perfectas si se había trasnochado…

Se han terminado las terras sigillatas, las puntas le valois y los fosos plagados de cerámica a torno. Se han terminado los dibujos a escala 1:20 o los drones sobrevolando las cabezas. Han terminado las visitas institucionales de alcaldes, curas, Guardias Civiles y de los listillos de los pueblos que saben perfectamente dónde está enterrado Viriato…

Es el final de los intensos debates sobre procesualismo y marxismo, sobre la que se ha puesto tetas en el “Sálvame” o sobre si Messi o Ronaldo… Todo eso se ha acabado…

Se acabaron… Hasta el año que viene…
Porque no será hoy cuando nuestra profesión deje de contar con estos detalles que nos hacen arqueólogos, que nos hacen imperfectos, que nos hacen humanos. Se acaba el verano pero no la arqueología…
Y yo, vuelvo…
Vuestro amigo,

NmA

“Y AHORA, ¿QUÉ?”…

… vino a decirme un estudiante de quinto de carrera. Mientras paseábamos por el fantástico campus de la Universidad de Essex, charlábamos Conrad y yo sobre las desgracias y miserias que habían padecido algunos de los más ilustres arqueólogos, como don Adolf Schulten, quien tuvo que bailar al son del mismísimo Kaiser Guillermo II durante sus excavaciones en España. O si no el gran Dominico Fontana, que aún siendo arquitecto fue el verdadero descubridor de Pompeya, hasta que le “virlaron” la excavación. Por no mencionar a Frederick Catherwood, quien murió en el naufragio del vapor Artic. ¡Pero si al mismísimo Gabriel de Mortillet le dieron de gorrazos en las Guerras Napoleónicas!…

Y es que mi amigo Conrad, como digo, estudiante de carrera y vividor de profesión, estaba preocupado por la situación que le deparaba al terminar su graduación. Yo le decía constantemente que no se preocupase. Que si mi amigo Lancaster había conseguido colocarse, para él sería relativamente sencillo. No es que Lancaster lo haya tenido fácil, ni tampoco es que sea un zote, pero es el prototipo clásico de los que llamo “pasillistas”, de los que van de un lado a otro saludando y entre besamanos y cafés consiguen un trabajillo (querido, no te enfades conmigo, sabes que te quiero). Pero cuidado, que Lancaster es mi amigo, y se lo ha ganado. Pero es otro rollo… Conrad es diferente. Conrad es un tío de campo, de trinchera, de no cambiarse la muda o de darse un chapuzón en el río. Quizá con lo de la muda haya exagerado, pero es el clásico rostro destrozado por el sol y cosido a lametazos por el sudor. Es un excelente arqueólogo, yo lo he visto. Desde que empezó la carrera siempre se apuntaba a todas las excavaciones de voluntario. Es, como digo, un arqueólogo zapador…

Sin embargo, al muchacho le ha dado por leer. Se lo dije. Se lo advertí. “Sigue tu camino. Se fiel a ti mismo. No leas la opinión de los compañeros sobre la profesión”. No me hizo caso. Lo hizo. Ha leído opiniones diversas, en foros diversos, de diversa gente con diversas opiniones. Todas respetables, debo decir. Y además verídicas, también debo decirlo. Son opiniones de arqueólogos respetables, de buenos amigos y de buena gente. Son opiniones que reflexionan sobre lo que hemos hecho en el pasado. Son opiniones sobre lo que no se ha hecho, y lo que no se sigue haciendo, debo admitir también. Son reflexiones sobre un sistema que no ha funcionado. Y son buenas reflexiones, repito. De buena gana lo afirmo. Todo lo que cuentan es cierto. Los arqueólogos nos vendimos por unas migajas, destripamos a la vaca moribunda y miramos a otro lado cuando la cosa iba bien para nosotros, y mal para el sector. No lo estábamos viendo venir, ¿o tal vez si? ¿Somos los verdaderos responsables, o nos empeñamos en echar la patata caliente a los estados, a las administraciones, al capital, o al Manchester United?

Ahora tengo aquí a Conrad. Es un buen hombre, de no ser porque es del Liverpool. Además es un buen arqueólogo con amplia experiencia. Pero no sabe qué hacer. Le han llenado la cabeza de historias para no dormir. A diferencia de otros compañeros más jóvenes que él, no tiene la desvergüenza de lanzarse al vacío. Ya no tiene edad. Ya no tiene ganas porque lo ha vivido. Ha mamado de la ubre que parecía no terminarse nunca. Y además ha visto caer torres, abrir zanjas y destripar muros. Lo hacía porque le decían que “así tenía que ser”. Y mientras me cuenta sus penas, a la vez que juguetea con un calibre en la mano, veo la tristeza en su rostro, una mirada perdida, porque esa vocación que a todos nos embriaga cuando empezamos la carrera, se ha diluido. ¡El que diga lo contrario miente! Estamos en esto porque nos gusta, nos morimos por esto. ¿Friki? Y una leche. Vocacional, gracias. Que parece que mencionamos la emoción de la arqueología y somos unos flipados. Esos mismos que ponen en duda este sentimiento son los que luego despotrican de las empresas de arqueología, y a la mañana siguiente se están vendiendo por un plato de lentejas. Y mientras tanto, un buen profesional, aquí a mi lado, se plantea empezar a trabajar en la planta de prefabricados de su tío Jack…

¿Y ahora qué? Se lo pregunto a los que, día tras día, nos bombardean con sus reflexiones de que no se ha hecho nada de nada en el pasado. Se lo pregunto a los que confiesan de yacimientos arrasados, de profesionales que no publican, de universidades que no apoyan… ¡Que sí, joder! ¡Que ya lo sabemos! Ya hemos captado vuestra idea. Los que hemos recibido unos cuantos azotes (a mi casi me estalla un Kalashnikov en las manos, os lo recuerdo) sabemos que se han hecho auténticas barbaridades. Se han manipulado a profesionales. Se ha expoliado. Se has destruido yacimientos. Se han perdido materiales. ¿Prosigo? También se han recuperado centros históricos. Se han remodelado museos. Se han revisado las cartas arqueológicas. ¡Hasta se han hecho películas nuevas! Pero sobre todo, y por encima de todo, ¿sabéis lo que se ha hecho, y lo que no se ha hecho? Lo que se ha hecho ha sido concienciar a la población sobre nuestra profesión. Es posible que no estemos a la altura de los médicos, de los abogados, de los ingenieros o de los jugadores de bridge. Nunca lo estaremos. Pero la gente ya nos pone caras. La gente nos pone chalecos. Nos pone botas y casco. Puede que aún no lo tengan claro, pero por lo menos mi abuela Susan ya no piensa que soy jardinero. Para bien, o para mal, la gente nos pone (qué mal suena esto, ¿verdad, Conrad?)…

¿Sabéis lo que no se ha hecho? Pues lo más importante: unirnos. Seguimos dando palmas con nuestros propios éxitos. Nos emborrachamos de nuestras publicaciones, y sigue faltando humildad a todos los niveles. Qué bien suena eso de “La Situación de la Arqueología, HOY”. ¿Pero qué mierdas me estáis contando? Debería ser “La Situación de los Arqueólogos MAÑANA”. No nos enteramos. Mi amiga Corina decía que “estar de mierda hasta el cuello no es malo del todo, porque se está calentito. Lo peor es cuando algún simpático se dedica a hacer olas…” Reflexionar está muy bien. A mi me han reflexionado en varios idiomas (algunos amigos míos de España se estarán dando por aludidos). Pero queridos míos, dejad de reflexionar, que ya sabemos que todo ha ido como el culo. ¡Lo sabemos! Y seguir reflexionando no va a solucionar las cosas. Debatamos, si, pero planteemos soluciones. Y sobre todo, ante todo os pido que no llenemos de heces el camino de los jóvenes estudiantes, esos membrillos que como Conrad (membrillo un poco pasado, cierto) se plantean qué hacer con sus vidas. No os pido que imaginemos un mundo de colores y mariposillas en donde el Cú Chulain es el panadero de mi barrio. No pretendo que mintamos a la gente. No es fácil, pero basta ya de recordar las míseras miserias de lo que hicimos y fuimos. Miremos adelante, no por nosotros, ni siquiera por nuestro Patrimonio. Miremos adelante por la juventud que es, al fin y al cabo, el futuro del sector profesional. Ellos serán los que sigan hurgando en las entrañas, buscando más Anfípolis, más Ricardos III, más documentos ocultos…

Terminé la conversación con mi amigo Conrad de la mejor manera posible. Un reconfortante abrazo para él y la recomendación de que lea Silencing the Past, de Rolph Trouillot. Lectura que, por otro lado, recomiendo a todos los que miramos –me incluyo- hacia atrás y vemos las barbaridades que hemos hecho. Pero no miréis hacia atrás con los dos ojos, sino de rabillo. Os lo recomiendo. Mucho nos ha costado decidirnos por nuestra profesión, y más aún el poder dedicarnos a ella, con suerte, con contactos o de cualquier otra manera posible, para que las inmundicias que hemos plantado no nos dejen ver el camino que se abre delante.

No lo hagamos por nosotros. Hagámoslo por Conrad…

NmA.